La soledad emocional es un sentimiento profundo, cargado de tristeza y angustia personal, dónde uno se siente desbordado por tener que asumir la realidad vital que le acompaña, dónde se siente incomprensión, incomunicación y se vive la situación como "sin salida" y "eterna".
Es un sentimiento más común de lo que a priori pudiera parecer, en el que no influye directamente la cantidad de gente que rodea a una persona, sino su contexto vital, unido a la calidad, fluidez y empatía recíproca en las relaciones que esa persona tenga con su exterior. Hace algunos años descubrí que mi forma habitual de entrenamiento grupal, seguía las pautas del coaching. Ya saben ese método de entrenamiento e impulso socrático personalizado, tradicionalmente, en el mundo moderno, utilizado por los deportistas, y desde hace ya algún tiempo cada vez más usado en el mundo de la empresa.
Empecé a leer y a estudiar el tema, y al final terminé accediendo a una formación que diera oficialidad a aquello que llevaba años haciendo.
Algo aprendí, claro está, de todo se aprende, pero me reservo el tema para hablar en otra ocasión del perfil del líder coach y la profesionalización de determinadas ocupaciones.
El caso es que de un tiempo a esta parte, me han ido llegando casos particulares, individuales, ajenos al mundo empresarial, o que siéndolo tenían un claro enfoque personal.
Personas que más allá del objetivo particular que quieren resolver, tienen una marcada sensación de soledad , en ocasiones incluso de vacío, que les bloquea hasta un punto dónde sus capacidades no les tendrían que haber permitido llegar. Situaciones de ansiedad y estrés hasta la incapacidad.
Profesionales, muchos de ellos líderes, con buenos niveles formativos y años de experiencia incapaces de resolver situaciones cotidianas, dubitativos, inseguros en lo personal, y sobretodo solos, muy solos.
En todos los casos la soledad emocional más que otros estados se respira en las sesiones, por lo que en la mayoría de casos me he ido convirtiendo en un acompañante temporal de vida.
Cuando un adulto capaz siente la soledad hasta el aturdimiento, la mayor urgencia es retomar la madurez que le permita volver a dirigir el propio proyecto de vida. Y al igual que de niños precisamos de la mano de una madre o un padre para madurar, cuando de adultos volvemos al estado “niño” requerimos la existencia de un punto de apoyo que nos ayude a levantar, y quién mejor para levantar al niño que el estado padre (A.T.) en sus distintas versiones.
Una vez arriba podremos retomar el coaching plenamente desde el estado adulto.
Montse Alsina
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